Saltar al contenido
epsilon.h
Héctor O. Di Rocco

Autor invitado

Héctor O. Di Rocco

Doctor en Física, Investigador Principal de CONICET y Profesor Titular en la Facultad de Ciencias Exactas, UNCPBA.

hodirocco@gmail.com

Nací en el año 1953, el mismo año en que se dilucidó la estructura del ADN, River salió campeón y Dante Emiliozzi ganó su primera carrera de TC. Todos estos augures no ayudaron en mi caso.

Ayudado por mi nula habilidad para la gambeta, quedé recluido al puesto de arquero; mi mayor mérito fue que los disparos que iban afuera no los metí adentro. No es poco: ha habido arqueros que se han hecho goles en contra.

Mi primer acercamiento a la Física, por así decirlo, ocurrió mirando una lámina central de un Billiken del año 60 (¡1960, claro!). Aparecían todos los popes históricos de la Física Nuclear y recuerdo especialmente la imagen de Niels Bohr. Sin embargo de chico, me entusiasmaban los motores preparados y las turbinas; creo recordar que de adolescente pensaba en ser Ingeniero. Esto cambió cuando, en tercer año de la Facultad, comenzó mi ignorancia sobre la Física Cuántica. Posiblemente, el conocimiento no sea nada más que elevar el nivel de lo que uno ignora, aunque posiblemente sí haya gente que "la ve desde arriba". Como este no fue ni es mi caso, alguna vez enuncié un apotegma: "en Ciencia uno debe ser lo suficientemente humilde como para reconocer que difícilmente llegará al meollo de la gran cuestión y lo suficientemente entusiasta como para, pese a todo, tratar de ir siempre más allá".

Considero que elegí bien la carrera para la que mi forma de ser encuadra: el hecho de que uno pueda acercarse a comprender los misterios de la Naturaleza es un logro admirable del ser humano. Que ello no redunde más rápidamente en mejoras para la humanidad es un tema digno de plantearse pero está (¿lo está?) fuera de la cuestión.

La Ciencia consiste en hacerse preguntas; las respuestas no son más que un paso intermedio para hacerse otras nuevas. La estagnación social resulta, no de la falta de respuestas, sino de la ausencia de hacerse preguntas. Me hubiera gustado ser el autor de este pensamiento, pero pertenece a Eric Hoffer; muchas gracias, Eric.

Para hacerse preguntas es que fue inventado el lenguaje; para las respuestas alcanzan gestos o gruñidos, pero las preguntas deben ser habladas. Si se empobrece el lenguaje, así se empobrecerá la calidad de las preguntas que seremos capaces de formular.

Por último, me gusta leer, escuchar música, caminar con mi báculo, cocinar y comer. También me gusta el vino: los de $ 100-120 andan bien para mí.

Lo que escribió en epsilon.h